El próximo domingo se jugará una nueva edición del superclásico más clásico del fútbol argentino. Boca y River se verán las caras nuevamente, esta vez en la Bombonera y ambos llegan con realidades parecidas y diferentes a la vez.
El conjunto dirigido por Julio Falcioni no cosechó buenos resultados jugando en su cancha. Mientras que los de Nuñez están invictos como visitantes desde que Juan José López es el técnico. Los de La Ribera merodean por el medio de la tabla y ya no pelean por el campeonato ni están cerca de entrar a una copa, pero el tema de los promedios no le pone la soga al cuello en esta temporada (si lo hará en la próxima). Por su parte, Los Millonarios aún tienen chances de lograr el campeonato y, hoy por hoy, estarían clasificando a la Copa Sudamericana. Pero su principal problema y objetivo es zafar de una vez por todas de la promoción, motivo que lo tiene a maltraer desde hace tiempo a todos sus hinchas.
Sin dudas que no será un partido más. Un superclásico siempre es especial. Y este más que ningún otro en los últimos tiempos. Si gana Boca, su entrenador mantendrá el cargo sin problemas y complicará, como nunca antes, a su máximo rival con el descenso a tal punto que lo puede dejar en zona de promoción. En cambio, si la victoria la consigue River, seguramente dejará a su histórico enemigo sin director técnico, tomaría más aire en la tabla de los promedios y se perfilaría directamente en la lucha por el campeonato.
Así llegan hoy los clubes más poderosos y populares del fútbol argentino. Ninguno como favorito. Un superclásico siempre es especial. Siempre es distinto. Siempre es un partido aparte.
